Dancing Queen

Noviembre 21, 2009 por mkika

Estos dos últimos días han sido increíbles. No voy a hacer un esquema detallado sobre mis experiencias en Segovia porque, además de que no es mi estilo, tengo algo mucho más importante que decir y de lo que me acabo de dar cuenta en este momento.

Normalmente aprovecho los fines de semana para que evitar que mi casa se convierta en una fosa séptica, pero el pasado tuve que ir a Toledo precipitadamente y la acumulación de estas dos semanas empezaba a ser sospechosa para Sanidad. Así que hoy, aunque sea sábado y acabe de llegar de un viaje habiendo dormido muy poco, me puse en “modo Mari” como decimos en mi familia, hace casi tres horas y estoy a puntito de rematar.

El viernes conseguí acompañar a mi amiga filipina a su casa metiéndome en el tren sin su consentimiento porque “no había avisado a su madre y la casa estaba hecha un desastre”. Cuando llamó por teléfono para avisar de que yo iba con ella, su madre colgó rápidamente para ordenarlo todo lo antes posible, y cuando llegué efectivamente estaba todo impecable excepto la última tanda de ropa que ella llevaba en los brazos y que, deduje, sería su a puntito de rematar. Cuando llegué a casa de mi amiga segoviana, su madre (chilena) y ella se disculparon por el desorden, el polvo, y blablá. También la nevera fue motivo de disculpa, incluso de algún reproche, por estar “demasiado vacía” ya que la compra la hacía los sábados.

Lo único que hacía yo era sonreír por fuera y reír por dentro, intentando evitar que se sintiesen así de avergonzados por algo que considero lo más natural del mundo, teniendo en cuenta además el tiempo en el que vivimos. Mi risa interior estaba también motivada por el recuerdo de mis casas, la de Madrid y la de Toledo, una llevada por una estudiante (que, por si fuera poco, soy yo) y otra por una mujer trabajadora (y un largo etc.) con dos jabatos hiperactivos (hay quien les llama perros). Me apetece decir que cuando la chilena dijo “estar bueno” referido a su marido y la segoviana le regañó por ser un poco “bruta”, pensé en mi madre y mi risa interior pasó a ser carcajada absoluta.

Cuantísima tontería. Creo que una de la principales cosas que hace a un sitio acogedor es tener la sensación de que puedes sentarte sin dejar una marca con el culo, respirando sin alterar la composición química del aire. En una casa viven personas, y son las personas las que la hacen acogedora. Fue la madre filipina la que sirvió té y canapés de salmón tras otros muchos ofrecimientos también de su hija, todo con muchísima simpatía, invitándome otro día a comer. Fue la madre chilena quien hizo que sintiese casi como en casa con sólo una visita, mostrándose tan natural cuando cantaba Amy Winehouse, lo que hizo que hizo de nosotros un verdadero coro repartido por la casa, acompañándola. La casa y la familia de alguien son cosas muy particulares y muy bonitas, y cada una tiene su olor único (no puedo evitarlo jaja), pero más bonito es lo que se siente cuando te abren una puerta tan personal y te invitan a participar. Gracias.

El detalle de las procedencias de cada fémina no está para hacer distinción, todo lo contrario, pretende unirlas. Ellas se suman a una larga lista con muchísimas otras procedencias, tocando prácticamente todos los estratos económicos y modelos familiares, en la que la grandísima mayoría de las mujeres que he conocido se han disculpado más de una vez por lo mismo. Una de las excepciones es mi madre.

Recuerdo que la época en que ella no trabajaba fuera de casa todo estaba en orden, limpio, la nevera llena… los remates hechos, no había motivo para disculpas. Todo esto que estoy escribiendo lo pensaba mientras desinfectaba mi casa, pasándomelo pipa, hablando conmigo misma y bailando “Dancing Queen” una y otra vez (nada personal jajaja). Pero de repente, a puntito de rematar, he tenido que dejarlo y saltar sobre el portátil. Mi madre no bailaba. Después de mucho tiempo, cuando no se pudieron tener todos los remates hechos y, más importante aún, cuando dejó de preocuparle, entonces fue cuando bailó.

Ha sido duro caer en la cuenta de la cantidad de años que pasaron sin bailar, y después tomar conciencia de que es en este preciso momento cuando caigo en la cuenta. No sé explicar el porqué de las lágrimas, si por el hallazgo en sí o por haber tardado tanto en llegar a él. Quizá por ambos.

Lo importante es que sigue sin haber motivo para disculpas, pero ahora bailamos las dos.

Todos deberíamos ser siempre los reyes del baile.

Mi primera vez

Noviembre 2, 2009 por mkika

 

Hace algo más de un mes, cuando vine a vivir aquí y comencé a funcionar en el día a día madrileño, estaba casi constantemente de mal humor. El mal humor no es común en mí. Claro que tengo días peores que otros, pero no suelen ser de mal humor, son más bien melancólicos o tristes, pesimistas… negros. En alguno estoy más fácilmente irritable, pero de mala leche no me he levantado nunca, y cuando la tengo no me dura mucho, después me queda el resentimiento, la indignación… eso sí, pero no la mala leche.

Los que me conocen bien (en situaciones extremas incluídas) saben que no llevo bien la presión, las prisas ni el estrés. No llevar bien significa que si tengo que hacer lo que sea en esas condiciones, lo haré y obtendré buenos resultados, pero no estoy precisamente receptiva socialmente. No voy a darte una voz más alta que otra, pero tampoco me hace falta (mamá te quiero jajaja).

Vale, aclarado este punto de mi personalidad volvamos a la vorágine madrileña donde puedes encontrar empujones, prisas, malas formas… y sobre todo, mal humor. En las caras, en los andares, en el tráfico… mucho mal humor. Me daba la sensación de formar parte de un gran rebaño donde cada uno tenía su propio corral marcado por sus preocupaciones, problemas o cualquier otro aspecto de sus vidas infelices (infeliz es una palabra muy seria, por lo menos para mí, pero es esa la palabra que corresponde). Con este ambiente no creo que necesite dar detalles sobre la felicidad absoluta con la que vivía. Llamaba a casa áspera como sólo yo sé, dando paso después a la tristeza por la añoranza de mi antigua vida (de mi antigua yo) y sobre todo por encontrarme así sin motivo y pagarlo con los que más me quieren.

Por suerte, esta situación duró muy pocos días porque, observadora como soy (no todo va a ser malo) me di cuenta de que yo no había venido aquí para formar parte de ningún rebaño, que yo no quería ningún corral. Es curioso como el urbanita de la gran ciudad, donde la cultura, el progreso y la tolerancia están, en teoría, por todas partes, es el mejor ejemplo del animal de granja (explotación agropecuaria, por favor un mínimo de clase, que hablamos de la capital). Lo peor de todo es que no se dan cuenta de ello, por lo que no pueden cambiar.

Cuando las prisas y el estrés se habían convertido ya en mi escolta personal y, a veces en compañeros de piso, salí una tarde del gimnasio pensando en lo pronto que debía llegar a casa y en todas las cosas que tenía que hacer allí. De repente, sin avisar, comenzó a llover muchísimo, no hacía demasiado frío, pero el viento soplaba con bastante determinación. Los coches se multiplicaron, y también su velocidad y violencia al circular. Miré al cielo y vi que la lluvia no era molesta porque era fina, pero en poco tiempo estaría calada (me recordó al calabobos gallego) y entonces, así, como la lluvia, sin avisar, empecé a reír a carcajada limpia.

¿Por qué? Pues no estoy del todo segura. Yo creo que fue por lo ridículo de la situación. No la que estaba viviendo en ese momento, sino la que vivía desde que había llegado a Madrid. Ese modo de tomarme la cosas, de actuar, de pensar, de vivir… no era el mío. Entonces me di cuenta de que había reído otras muchas veces, pero esa era una sensación sencillamente maravillosa Era mi primera carcajada en Madrid, así que seguí un buen rato hasta que me cansé y cogí un autobús (sí, fueron varios los autobuses que pasaron, pero yo estaba disfrutando extraordinariamente calándome, riendo sola bajo la lluvia).

Aquélla fue una de esas pequeñas cosas que pasan sin saber muy bien por qué y que te cambian la vida. El odiado momento sardina en el metro no ha vuelto a ser tan odiado, ni mucho menos. Hace pocos días, en un libro genial que estoy leyendo (“Last chance saloon”) los personajes se reunieron para celebrar el cumpleaños de una de ellos. Cumplía 31 años y llegó con un vestido nuevo con el que todos le dijeron que estaba estupenda. Ella, amargada en la treintena, añorando la veintena y adivinando que ésa era la razón del piropo, se limitó a decir que se sentía como una morcilla envasada al vacío. La expresión en inglés es mucho más graciosa, y eso fue lo que me vino a la mente en el primer momento sardina desde el día de la lluvia. Una vez más, y para sobresalto del resto de viajeros, mi carcajada al ataque, limpia, rotunda, alegre, libre y no precisamente discreta. Me miraban como un bicho raro. No les faltaba razón, entre ellos tengo la suerte de serlo, y como dice Sting en “Englishman in New York” (prácticamente mi himno aquí) “be yourself, no matter what they say”.

Desde entonces, cada vez que río, me acuerdo de esa sensación que tuve la primera vez. Mi primera vez. Y sigo riendo.

Limón y hierbabuena

Octubre 24, 2009 por mkika

Bienvenidos a este pequeño rinconcito de mí misma. Esta puertecita que se abre no es más que un proyecto que siempre estuvo ahí sin yo saberlo, y que gracias a dos de las personas más importantes de mi vida toma forma hoy aquí. Esas dos personas son dos grandísimas mujeres a las que sería muy injusto no mencionar en el gran día del estreno. Ellas son mi madre y mi amiga Chris, y fueron ellas las que me animaron a hacer esto.

Lo único que espero de todos (de mí la primera) es que estemos a la altura de las circunstancias. La ocasión exige las mejores galas (un pijama gastado y viejo con unos calcetines de lana en mi caso), un ambiente tranquilo (oscuridad y música son suficientes para mí hoy) y la sensación de tener todo el tiempo del mundo por delante (es un encuentro privado, las prisas sobran). Creo que no es necesario que mencione las ganas.

 

Llevo ya un tiempo viviendo en Madrid y desde que comencé la carrera he estado escribiendo un blog diario para inglés hasta completar 20 entradas. Lo que realmente tenía en mente era ir subiendo algunas de las entradas que escribí y que creo que merecen la pena, pero hoy no. Hoy ha sido un día especial, y sigue siéndolo en este momento.

Ya el ambiente en clase ha sido diferente. Desde el primer día las sensaciones eran buenas (no se puede explicar, es así) pero hoy ha sido el primer día en el que directamente no me dejaban irme (el fin de semana que viene a lo mejor jajaja). Al final me he ido a comer con dos chicas geniales (y como todos los aquí invitados, también especiales). La “comida” ha terminado casi a las 9, cuando era evidente que había que despedirse ya. Lo único que voy a decir es que son mis amigas. Habíamos hablado de salir otras veces y, aunque hoy no pudimos ser todas las que lo comentamos, hemos sido tres nuevas amigas pasándolo estupendamente, visitando sitios nuevos (Chueca y purpurina…), con nuevos proyectos… todo nuevo, fresco. Nunca pensé que Madrid pudiese oler a limón y hierbabuena. Alguien que consigue eso en una ciudad como ésta, aunque sea durante un momento, merece la pena. Y hacía mucho que yo no olía a eso…

 

He llegado a casa envuelta en ese torrente y, buscando uno de mis compositores favoritos desde niña, he dado con un grupo que no conocía y me sonaba bien, al mismo tiempo que extrañamente familiar. He necesitado pocas canciones para saber por qué. Cuando vivía en Toledo iba a un gimnasio en Burguillos al que podía llamar mi segunda casa, donde nacieron lazos con gente de lo más variopinta y de donde yo era la alegría (normal si consideramos que, como en prácticamente todos mis círculos, era la peque), El caso es que en una de mis actividades favoritas escuchábamos esa canción siempre al terminar. A mí me gustaba, pero a Viky le encantaba (3 Doors Down: “Let me be myself”). Creo que no es su mejor tema, pero hizo que entonces me acordase de todos.

Es curioso como una canción puede traer imágenes, sonidos, olores, sentimientos… con sólo los primeros acordes. Mi vida no sería vida sin música. Todas las personas mínimamente importantes para mí tienen una canción al menos que, no es que me recuerde a ellas, es que hace que incluso pueda olerlas.

 

La mancha de una mora con otra verde se quita”. Es mentira. En lo referido a las relaciones personales es una gran mentira. Nadie ocupa el hueco de nadie, los huecos se hacen y se quedan ahí. Otra cosa es que te habitúes a ellos en la medida de lo posible. El presente puede ocupar el lugar del pasado, y éste quedar en tu memoria, pero el vacío que nos dejamos las personas entre nosotras, a veces sin saberlo, por pequeño que sea, sólo puede llenarlo quien lo crea. Pese a quien pese. Lo que sí es cierto es que los demás pueden ayudar a “acostumbrarse”, pero primero (como siempre) hay que dejarse ayudar, y eso es una tarea personal, interior, única.

Hoy podría haberme ido a Toledo, y a buena hora. Mentiría si dijese que no lo consideré. Pero hoy Madrid olía a limón y hierbabuena, hoy Madrid me ayudaba y yo me dejaba ayudar. Hoy entendí que nunca dejaré de echar de menos a ciertas personas, pero que puedo “acostumbrarme” a ello.

 

Por eso no quería empezar hoy con algo ya escrito, porque hoy tenía algo nuevo que me apetecía compartir.

 

El director de cine Cecil B DeMille (“Rey de reyes”, “Los diez mandamientos”) dijo una vez que “las películas deben comenzar con un terremoto e ir creciendo en acción”. Hoy ha sido un terremoto de emociones… y quiero más.