Estos dos últimos días han sido increíbles. No voy a hacer un esquema detallado sobre mis experiencias en Segovia porque, además de que no es mi estilo, tengo algo mucho más importante que decir y de lo que me acabo de dar cuenta en este momento.
Normalmente aprovecho los fines de semana para que evitar que mi casa se convierta en una fosa séptica, pero el pasado tuve que ir a Toledo precipitadamente y la acumulación de estas dos semanas empezaba a ser sospechosa para Sanidad. Así que hoy, aunque sea sábado y acabe de llegar de un viaje habiendo dormido muy poco, me puse en “modo Mari” como decimos en mi familia, hace casi tres horas y estoy a puntito de rematar.
El viernes conseguí acompañar a mi amiga filipina a su casa metiéndome en el tren sin su consentimiento porque “no había avisado a su madre y la casa estaba hecha un desastre”. Cuando llamó por teléfono para avisar de que yo iba con ella, su madre colgó rápidamente para ordenarlo todo lo antes posible, y cuando llegué efectivamente estaba todo impecable excepto la última tanda de ropa que ella llevaba en los brazos y que, deduje, sería su a puntito de rematar. Cuando llegué a casa de mi amiga segoviana, su madre (chilena) y ella se disculparon por el desorden, el polvo, y blablá. También la nevera fue motivo de disculpa, incluso de algún reproche, por estar “demasiado vacía” ya que la compra la hacía los sábados.
Lo único que hacía yo era sonreír por fuera y reír por dentro, intentando evitar que se sintiesen así de avergonzados por algo que considero lo más natural del mundo, teniendo en cuenta además el tiempo en el que vivimos. Mi risa interior estaba también motivada por el recuerdo de mis casas, la de Madrid y la de Toledo, una llevada por una estudiante (que, por si fuera poco, soy yo) y otra por una mujer trabajadora (y un largo etc.) con dos jabatos hiperactivos (hay quien les llama perros). Me apetece decir que cuando la chilena dijo “estar bueno” referido a su marido y la segoviana le regañó por ser un poco “bruta”, pensé en mi madre y mi risa interior pasó a ser carcajada absoluta.
Cuantísima tontería. Creo que una de la principales cosas que hace a un sitio acogedor es tener la sensación de que puedes sentarte sin dejar una marca con el culo, respirando sin alterar la composición química del aire. En una casa viven personas, y son las personas las que la hacen acogedora. Fue la madre filipina la que sirvió té y canapés de salmón tras otros muchos ofrecimientos también de su hija, todo con muchísima simpatía, invitándome otro día a comer. Fue la madre chilena quien hizo que sintiese casi como en casa con sólo una visita, mostrándose tan natural cuando cantaba Amy Winehouse, lo que hizo que hizo de nosotros un verdadero coro repartido por la casa, acompañándola. La casa y la familia de alguien son cosas muy particulares y muy bonitas, y cada una tiene su olor único (no puedo evitarlo jaja), pero más bonito es lo que se siente cuando te abren una puerta tan personal y te invitan a participar. Gracias.
El detalle de las procedencias de cada fémina no está para hacer distinción, todo lo contrario, pretende unirlas. Ellas se suman a una larga lista con muchísimas otras procedencias, tocando prácticamente todos los estratos económicos y modelos familiares, en la que la grandísima mayoría de las mujeres que he conocido se han disculpado más de una vez por lo mismo. Una de las excepciones es mi madre.
Recuerdo que la época en que ella no trabajaba fuera de casa todo estaba en orden, limpio, la nevera llena… los remates hechos, no había motivo para disculpas. Todo esto que estoy escribiendo lo pensaba mientras desinfectaba mi casa, pasándomelo pipa, hablando conmigo misma y bailando “Dancing Queen” una y otra vez (nada personal jajaja). Pero de repente, a puntito de rematar, he tenido que dejarlo y saltar sobre el portátil. Mi madre no bailaba. Después de mucho tiempo, cuando no se pudieron tener todos los remates hechos y, más importante aún, cuando dejó de preocuparle, entonces fue cuando bailó.
Ha sido duro caer en la cuenta de la cantidad de años que pasaron sin bailar, y después tomar conciencia de que es en este preciso momento cuando caigo en la cuenta. No sé explicar el porqué de las lágrimas, si por el hallazgo en sí o por haber tardado tanto en llegar a él. Quizá por ambos.
Lo importante es que sigue sin haber motivo para disculpas, pero ahora bailamos las dos.
Todos deberíamos ser siempre los reyes del baile.