El tercer día siempre es el mejor. Cuando llego a un sitio nuevo, el primero estoy cansada por el viaje y algo desubicada. El segundo quiero hacer muchas cosas y, o no encuentro ninguna o se me acumulan en una pila de miscelánea ininteligible. Termino frustrada, sin poder hacer nada por hacerlo todo. Finalmente llega el tercero, en el que todo parece alcanzar cierto equilibrio, en el que todo toma el ritmo que quiere tomar, que debe tomar.
Siempre, desde pequeña, el mar me ha atraído de un modo especial. Hace demasiado tiempo que no voy a la playa (¡no sabes cuánto te echo de menos!), pero siempre que me meto en el agua me siento extraña y fría, y me muevo mucho de un lado a otro para aclimatarme, a la vez que me voy dejando emocionar. El paso del tiempo se ha ido llevando mi facilidad para dejarme emocionar. No es seguro y no lo hago muy a menudo, aunque lo necesito. El tiempo, como el mar, trae y lleva cosas sin permiso, y yo no di ningún permiso. Nunca lo hubiese dado.
Después, en medio del éxtasis empiezo a hacer remolinos, volteretas y reinterpretaciones propias de la gimnasia deportiva en particular y de cualquier postura en general. Lo he hecho tantas veces que ya casi no me ahogo cuando me río bajo el agua, que suele ser lo que pasa. También pasa que cuando saco la cabeza, miro a mi alrededor para comprobar con la respiración contenida que nadie ha escuchado como me parto el culete yo sola, sumergida y en una posición de dudosa naturalidad. Si hay olas me tiro contra ellas, y si no las hay las provoco y me tiro contra ellas, claro que sí. Pero tras todo esto, de una forma u otra termino por acunarme y es entonces el mar quien me lleva y hace conmigo lo que quiere. Sin prisa o sin pausa, sin ninguna, o con las dos, pero siempre sin permiso. Soy una más, ya estoy dentro, como en un tercer día.
Hace poco me di cuenta de que esto no me sucede sólo al llegar a sitios nuevos, también me pasa en casa. Es importante, y sobre todo muy bonito, tener un sitio al que volver. Pero no se puede olvidar que si vuelves es porque te has ido, y ese sitio, mi sitio, es mi sitio para volver. Es una de las pocas cosas que puedo hacer siempre que quiero, y que sé que podrá seguir siendo así por mucho tiempo. En el mar, tras “el tercer día” me acorcho. Me gusta, me encanta estar dentro, pero me acorcho. Tengo que salir para poder volver a entrar, y volver a sentirme extraña, emocionada, delirante y acunada.
Cuando estoy fuera puede irme bien o mal, puedo oscilar o afirmarme, puedo golpear o ser golpeada, pero siempre es bueno volver. Si me pierdo, me encuentro; si flaqueo, me fortalezco; si no pasa nada, pasa algo; y si todo lo uno, todo lo otro. Hay belleza en todo ello, siempre y cuando quieras saber y sepas cuándo estás acorchada y cuándo no. Mi casa es para volver, pero ¿es Madrid para irme? Yo no tengo la respuesta. Allí donde vuelvo depende de mí. Allá donde voy depende del tiempo, depende del mar.
Debo decir que, según la Geología, tanto el marcado aumento de tierra seca como la primera aparición de flora en la masa de agua que era la Tierra, ocurrieron en el mismo periodo (creo que llamado Periodo Permiano). Y antes de llamar ciencia a la vida misma, por arte de vil y virloque, o por lo que se quiera en depende qué cultura o momento de nuestra existencia, o por el fácil recurso de la casualidad mal llamada, alguien escribió en el Capítulo I del Génesis una cosa así:
Entonces dijo Dios: Júntense en un lugar las aguas que están debajo de los cielos, y que aparezca lo seco. Y fue así.
Y llamó Dios a lo seco tierra, y al conjunto de las aguas llamó mares, y vio Dios que era bueno.
Y dijo Dios: Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semilla, y árboles frutales que den fruto sobre la tierra según su género, con su semilla en Él. Y fue así.
Y produjo la tierra vegetación: hierbas que dan semilla según su género, y árboles que dan fruto, con su semilla en Él, según su genero. Y vio Dios que era bueno.
Y fue la tarde y fue la mañana: el tercer día.
La Tierra de entonces comenzó a ser la Tierra de hoy a partir del tercer día.
No puedo dejar de ser personal en lo que escribo, porque aunque no es seguro me encanta y lo necesito. Y puestos a ir más allá, para el que le interese y para el que no, confesaré que el número 3 siempre fue y será mi favorito por muchas razones. Sólo por citar ejemplos, diré que el día tiene tres partes y la vida tres etapas; que en la primera lista a la que pertenecí en el colegio, y en muchas otras de después, yo era siempre el número 3; y que en mi concepto original e ideal de familia (de donde salí con algún traspié, pero de donde salí yo) sólo aparecen 3 miembros. Antes de saber todo esto, el número 3 ya me gustaba, sin ninguna razón aparente, sin permiso.
Sé que en correcto castellano, todos los números menores a 10 deben escribirse con letra y no con cifra, pero la verdad es que también la cifra me parece bonita y es mi forma de hacerlo destacar entre tanta palabra. Probablemente no tenga suficiente autoridad en las Letras ni en nada como para tomarme mi propia licencia de estilo, pero como cuanto más mayores e importantes somos más permisos necesitamos (es lo que tiene la libertad, la globalización, la democracia… ¿no?) aprovecharé mi anonimato, mi juventud y mi paupérrimo historial académico para hacer lo que me dé la gana y seguir siendo personal. Dependerá de mí, del tiempo, del mar o de los 3, pero desde luego no del permiso.
enero 6, 2011 a las 6:59 pm |
En 3 palabras: sigue escribiendo así.
enero 7, 2011 a las 4:47 pm |
Da gusto leer cosas asi!!